Gloria |
![]() |
|
|
El actual y polémico debate sobre el castigo físico a los niños, ¿prohibición o no? Campaña de publicidad contra el maltrato físico infantil: "Tus manos son para proteger". Ya en “Procesos Psicológicos Básicos” dedicamos una sesión a la reflexión sobre la conveniencia o no del castigo físico como herramienta para el cambio de la conducta en los niños y niñas por parte de sus padres y madres. Lo cierto es que, tras leer el artículo propuesto en clase (“El cachete para educar a los hijos se queda sin su coartada legal”) y tras leer también algunos comentarios extraídos de un foro en el que diferentes personas ofrecían su parecer sobre el tema (respuestas a: “La bofetada, ¿es educativa?”), para mí, decantarme por un posicionamiento inflexible en este tema me resultaba complicado. He leído los artículos de Fernando Savater y de Ángel Hernández Martín, defendiendo el primero el uso en casos puntuales de la “bofetada” (“azote” prefería denominarlo yo en la reflexión que realicé) como “aldabonazo” (se acerca a lo que yo definía como “corte” o “freno”), y defendiendo el otro el definitivo destierro del castigo físico por parte de los padres, relacionándolo con la falta de recursos educativos (algo que leí también en los comentarios del foro y que me hizo reflexionar seriamente) y lo cierto es que entreveo verdad en ambos, pero mi punto de vista es más cercano a lo propuesto por Savater. Por supuesto, estoy en contra del maltrato físico como tal, pues atenta contra la integridad del niño y en ningún momento ofrece la solución a un problema. Destacaría dos frases del autor: “cualquier niño sano puede comprender la diferencia entre unos padres exasperados hasta el límite de su paciencia de otros predispuestos por incapacidad o vicio a la agresión” (al menos esto se cree). Por otro lado, me gustaría comentar algo sobre el artículo “El arbitraje como penitencia”, en el que se describe la sanción propuesta por la Federación Onubense de Fútbol a los jugadores de un equipo en el que, tres de sus miembros, agredieron al árbitro contrariados por una de sus decisiones. El “castigo” era el de arbitrar, a partir de entonces, los partidos de su liga. Parecía pretenderse tanto ayudar a los jugadores a conocer el papel desempeñado por el árbitro como el de ejercer de críticos, pues mientras un jugador arbitrara otro de sus compañeros juzgaría la labor desempeñada. Personalmente, me parece una decisión ideal y novedosa. Creo que se intenta “hacer justicia” y “castigar” de una manera radicalmente diferente a lo que se ha hecho hasta ahora y que incluye un objetivo educativo claramente palpable, y no solo “el castigo por el castigo”. Se intenta hacer consciente a los “culpables” del por qué de sus malas acciones usando la empatía para ello, ¿qué mejor que ponerse en el lugar del otro para entenderle? Esta original sanción me recuerda a las condenas que el conocido juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, ha llevado a cabo últimamente. Creo que la manera de enfocar sus sentencias tiene mucho más de humano y terapéutico que la mayoría de las que se han ido tomando con adolescentes en los últimos años. En ellas, el objetivo educativo e integrador está muy presente. También encuentro similitudes, de alguna manera, con el caso de un juez de distrito en EEUU, Ted Poe de Houston (“La inteligencia emocional de los niños”: “Las emociones morales negativas: la vergüenza y la culpa”), quien condenó a un adolescente que había cometido actos de vandalismo en diferentes escuelas, a ir a disculparse a cada una de ellas frente una asamblea del cuerpo de estudiantes, respondiendo preguntas sobre el porqué de sus actos. Quizá algo vinculado con el caso del adolescente de EEUU, se encuentra el caso del famoso jugador de la NBA, David Robinson, quien ya de adulto recuerda una anécdota de su infancia, en la que, tras robar una golosina en una tienda, fue obligado por su padre a disculparse ante el empleado y los clientes y a devolverla. O el programa descrito por William Damon (“The moral child”) en el que se intenta mejorar la motivación empática en los delincuentes que no tenían remordimientos por sus delitos, haciendo que en grupo se debatiera su conducta antisocial, siendo posteriormente desaprobada, provocando normalmente vergüenza. Estos tres últimos ejemplos muestran cómo el uso de emociones morales negativas, como son la vergüenza y la culpa, pueden cumplir una función de redención tras una mala acción. Como se menciona en “La inteligencia emocional de los niños”, la actitud de los profesionales de la educación y de la psicología hasta ahora ha sido la de repulsa hacia el uso de estas emociones como forma de educar a los niños. Quizá lo consideraban un “abuso” (emocional en este caso) tan pernicioso como el físico. Sin embargo, si que se muestra que, en algunos casos, siempre en su justa medida y teniendo en cuenta todos los factores influyentes en cada caso (acción, contexto, temperamento del niño...) quizá si que, efectivamente, puedan ser usados como “modificadores de la conducta”. Porque... en realidad, ¿qué hay de malo en que un niño se sienta avergonzado o culpable por algo malo que ha hecho? ¿es mejor evitarle ese trago para que no se “traumatice”? (pura ironía) ¿es mejor castigarle sin ver la televisión o sin salir a la calle sin que realmente sepa por qué es castigado, sin que sepa el por qué de su “mala acción”? Esto... no está bien, pues si hay algo que he estudiado acerca del castigo es que, entre otras cosas, debe saberse por qué se castiga, debe relacionarse un estímulo con otro, sino... carecerá de efecto totalmente. Parece estar demostrado que “cualquier experiencia en la que interviene la emoción extrema produce un efecto inmediato más significativo sobre la conducta de sus hijos y un efecto a más largo plazo en el desarrollo de su personalidad”. Yo he trabajado con niños y... cuando, por ejemplo, uno pega a otro, no le suelo castigar sin más, me gusta hablar con él, preguntarle por qué lo ha hecho, si cree que está bien, si son pequeños usar la empatía... (“¿te gustaría que te lo hicieran a ti?”) y finalmente, tras el reconocimiento de su mala acción (al menos aparente, quien sabe...) establecer un espacio para que ambos niños se “reconcilien” mediante el consabido “lo siento” – “te perdono”. De ahí que me quede con una frase incluida en el texto: “Inspirar vergüenza sólo puede considerarse humano si expresa no sólo la desaprobación de la comunidad, sino también si incluye el perdón y la reaceptación” (concepto de “vergüenza reintegrativa”). Comentarios » Ir a formulario Autor: Anónimo Fecha: 29/12/2008 15:03. Autor: Gloria Fecha: 29/12/2008 15:14. |
Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras