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Psicología de la Infancia y de la Adolescencia

"De niña a mujer"

"De niña a mujer"

Estaba esperando a ver la película “Thirteen” para conectarla (porque estoy segura de que habrá muchísimas conexiones) con el artículo que leí sobre el paso de la infancia a la “adolescencia”, cada vez más prematuro en nuestro país.

A este paso... no se si conseguiré la película, así que aquí dejo mi opinión sobre lo escrito, que me pareció muy interesante y... ¡también algo inquietante!

 

“Los niños quieren dejar de parecer niños y hacer cosas de niños cada vez más niños”. “Ellos y ellas. Pero ellas empiezan antes y se les nota más”.

 

Madre mía! Y tanto que quieren hacer las cosas cada vez antes. Si esto sigue así... la niñez se irá recortando más y más.

Miro hacia atrás y yo a los 12 seguía jugando con muñecas. No fue hasta los 13-14 o así, coincidiendo con mi último curso de colegio y mi comienzo en el instituto, cuando empecé a... cambiar... digamos mi “perspectiva”: quizá comencé a sentirme algo mayor y me empezaron a interesar cosas “de adolescentes”, pero todo de forma muy gradual, de modo que no fue quizá hasta los 16 cuando el punto álgido llegó.

Y esto... no ha sido hace más que 6 años...

 

He de reconocer que... “en mi época” existían chicas más “avanzadas” que yo, y no hablo físicamente, sino... en su actitud, en sus expectativas, en sus “metas”, que quizá iban más enfocadas al descubrimiento de ese mundo de “mini-adultas” (mucho enseñar, mucho maquillaje, tabaco y chicos) que a un ámbito como el académico. Pero tampoco yo era de las que se quedaban en casa... me gustaba salir, divertirme y... descubrir.

 

Digamos que era un término medio que hoy día sigue existiendo, aunque diferente, en la sociedad adolescente, sólo que hoy nos estamos fijando en las pioneras, en las precoces y... a mí me resulta preocupante, en serio, el cariz que está tomando el asunto. Que a los 9 años las niñas comiencen a olvidarse de los juegos y la infancia... no me parece “sano”... no se qué pensareis. Se están quitando tiempo de niñez, y realmente tiempo de ser “mayores” tendrán muchísimo, claro que... eso ellas no lo saben y, como dice un padre, “...no pueden esperar”.

 

¿A qué se debo esto? Lo mencionan en el texto y yo estoy de acuerdo. Gran influencia de los medios de comunicación: televisión, Internet... cada vez se presentan a chicos y chicas más jóvenes con vidas de gente de 20 años... y cada vez más, y sobre todo en una edad tan especial como es la adolescencia, los aún niños y niñas (sobre todo las niñas, como bien sabemos) quieren igualar a sus ídolos a toda costa.

 

Yo... no se si estoy muy de acuerdo con lo que el antropólogo Carles Feixa dice “...las niñas de hoy son como las de siempre: niñas, aunque parecen mayores”.

 

Esas “niñas”, de una manera a mi parecer precipitada, están dejando atrás las características de la niñez: su forma de ver el mundo, su “inocencia”, su “sinceridad” su pasotismo de “lo que digan los demás”, “qué imagen quiero dar al resto” y... se están “contaminando” demasiado pronto de un mundo que les queda grande.

Dudo que esas niñas sean como las niñas de 9 años de hace 15 años...

Obviamente, tampoco son adolescentes: son inmaduras y mantienen algún matiz de su edad real, pero... creo que adelantan demasiado sus vivencias.

 

¿Qué hacer? La sociedad es difícil cambiarla, así que supongo que, como en todos las problemáticas actuales, lo único que podemos hacer, como individuos aislados, es actuar desde nuestro nivel, desde abajo, como hormiguitas...

 

Así, los padres y madres serían los encargados de cuidar que esa transición tan prematura que se está dando de niñas a mujeres (y algo más adelante, de niños a hombres) sea lo menos traumática posible (aunque ahora que digo esto, me echo a reír: ¿traumática para las chicas o traumática para las familias...?). Deberían hacer conscientes a sus niñas de qué son y de cómo sería aconsejable disfrutar de cada momento de la vida, sin prisa, porque... los instantes no vuelven.

 

Pero en este punto yo me asusto. ¿Qué haré cuándo sea madre? Porque... es muy difícil aislarse de la sociedad, de lo que rodea a los niños y adolescentes de hoy en día. O tú, como padre o madre tiene las cosas muy claras y consigues que tus hijos sean críticos y responsables, y no se dejen llevar por lo que les rodea si no quieren (muy muy complicado, en tan corta edad) o... batalla perdida.

Así que quizá debería empezar a plantearme que... las cosas vienen como vienen y que quizá mi estupor inicial también se les presentó a mis padres cuando comenzaron a ver cuán diferente era la juventud de sus hijas con respecto a la que ellos vivieron...

¿...Quizá esta nueva fórmula no sea tan mala...? (aún no estoy preparada para decir un “no, no es tan mala”... ;)  )

 

 

 

 

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Terapia gestáltica para adolescentes

Terapia gestáltica para adolescentes

 

Una de las principales escuelas psicológicas del siglo XX es la Gestalt, surgida en Alemania en los años 20.

Como ya hemos visto en Procesos Psicológicos Básicos, su base es que  las sensaciones y las percepciones (en general, los fenómenos psíquicos) no pueden reducirse y descomponerse en elementos aislados. La mente funciona como una totalidad compleja y organizada. Lo esencial es la configuración o forma (gestalt, en alemán): “el todo es más que la suma de las partes”.

 

   Entre esto y lo que se dejaba caer en el cuento de Jorge Bucay parece que podemos contar con una silueta de lo que es la Gestalt, aunque reconozco que algo difusa.

 

   En el capítulo de Loretta Cornejo se habla del tratamiento terapéutico de adolescentes desde la perspectiva gestáltica. Se recorren los apartados de los límites (tratados últimamente cuando hablábamos del cuarto orden de conciencia de los padres...), el cuerpo, las normas, las creencias y los valores, el autocontrol vs. la autoestima, la familia, la sexualidad, los amigos y los proyectos y, por último, la identidad y las ideas depresivas.

 

   Esos son los ámbitos que la autora considera esenciales a la hora de tratar a un adolescente, a pesar de que éste, en un primer momento, pueda dirigirse a la consulta por un problema muy específico. Al fin y al cabo... todo puede estar entrelazado, en especial, la familia y, por supuesto, los amigos, tan importantes en esta edad para afianzar la identidad y sentirse parte de un grupo fuera del hogar, de un grupo de iguales.

 

   Me ha gustado mucho lo conciso y claro de lo expuesto en cada caso, proporcionándose buenas pautas de actuación para abordar los diferentes ámbitos. Lo más utilizado y lo que más novedoso y efectivo me ha parecido es el uso del dibujo como fuente de comunicación con el adolescente.

   A veces... y eso lo sabemos todo, nos es muy complicado hablar, expresar en palabras nuestros sentimientos, temores y preocupaciones, y más  en la adolescencia, cuando es común sentirse inseguro.

   Esta psicóloga usa la expresión plástica para permitir que los pacientes se  expresen libremente. Una vez que se tiene esa “fotografía”, esa “imagen” de lo que en ese preciso momento la persona siente, se puede comenzar a hablar, pidiendo por ejemplo que describa lo pintado, y se puede también comparar, cuando en una terapia prolongada en el tiempo, se piden dibujos de un mismo concepto (tu relación con la familia, cómo te sientes cuando estás feliz...), para así valorar la evolución.

   Me ha parecido una manera ideal para comenzar el acercamiento con este grupo de edad y, por lo que cuenta Cornejo, a pesar de las comunes dificultades en los principios, el adolescente se ha ido abriendo y confiando en el terapeuta, lo que es muy alentador.

 

   Por último, mencionar que me parece muy importante, el tratamiento paralelo con las familias de los adolescentes, pues como bien se dice, el terapeuta puede estar con el chico o la chica, un tiempo que suele ser limitado y que en muchas ocasiones no es suficiente. Involucrar a los padres en la terapia de sus hijos, aunque en principio cueste y aunque en principio los chavales prefieran no confiar en ellos, es esencial.

"¿Qué terapia es esta?": la Gestalt

"¿Qué terapia es esta?": la Gestalt

Desde hacía tiempo, muchos de mis amigos me preguntaban qué tipo  de terapia estaba haciendo. Estaban todos tan sorprendidos por algunas de las cosas que yo les contaba sobre el gordo y sobre lo que pasaba en el consultorio, que no podían encajar esta manera de trabajar con ningún modelo terapéutico que ellos conocieran. Y, para qué negarlo, con ninguno que yo hubiera conocido tampoco.

Así que, aquella tarde, cuando llegué, aprovechando que mis cosas estaban más o menos en calma, “cada una en su lugar”, como decía el gordo, le pregunté a Jorge qué terapia era aquella.

 

-         ¿Qué terapia es ésta? ¡Qué se yo! ¿Será terapia esto? – me contestó el gordo.

    “¡Mala suerte!”, pensé. “El gordo está en uno de esos días herméticos en los  que es inútil tratar de obtener ninguna respuesta.” Sin embargo, insistí.

-         En serio, quiero saber.

-         ¿Para qué?

-         Para aprender.

-         ¿Y de qué te serviría aprender qué tipo de terapia es esta?

-         Ya no puedo escaparme de esto, ¿verdad? – dije, intuyendo lo que seguía.

-         ¿Escaparte? ¿Por qué quieres escaparte?

-         Mira, me toca las narices no poder preguntarte nada. Cuando tú tienes ganas, te pasas con las explicaciones y, cuando no, es imposible conseguir que contestes una sola pregunta. ¡No es justo!

-         ¿Estás enfadado?

-         ¡Sí! ¡Estoy enfadado!

-         ¿Y qué vas a hacer con tu enfado? ¿Qué quieres hacer con la rabia que sientes? ¿Te la vas a llevar puesta?

-         No, quiero gritar: “¡Me cago en su padre!”

-         Grita otra vez.

-         ¡Me cago en su padre!

-         Otra vez, otra vez.

-         ¡Me cago en su padre!

-         Sigue, ¿a quién estás maldiciendo? ¡Sigue!

-         ¡Me cago en tu padre! ¡Gordo estúpido! ¡Me cago en tu padre!

 

El gordo me miró en silencio mientras yo recuperaba el aliento y retomaba poco a poco mi perdido ritmo respiratorio.

Pocos minutos después, abrió la boca:

 

-         Este es el tipo de terapia que hacemos, Demián. Una terapia al servicio de comprender lo que te está pasando en cada momento. Una terapia destinada a abrir grietas en tus máscaras para dejar salir al verdadero Demián.

Una terapia, de alguna manera, única e indescriptible, porque está construida sobre las estructuras de dos personas indescriptibles: tú y yo. Dos personas que han acordado, por ahora, prestar más atención al proceso de crecimiento de una de ellas: tú.

Una terapia que no cura a nadie, porque reconoce que sólo puede ayudar a algunas personas a que se curen a sí mismas. Una terapia que no intenta producir ninguna reacción, sino solamente actuar como un catalizador capaz de acelerar un proceso que, de todos modos, se hubiera producido, tarde o temprano, con o sin terapeuta.

Una terapia que, al menos con este terapeuta, se parece cada vez más a un proceso didáctico. Y, en fin, una terapia que da más importancia a sentir que a pensar, a hacer que a planificar, a ser que a tener, al presente que al pasado o al futuro.

-         Esta es la cuestión: el presente – respondí -. Esa es la diferencia que creo que existe con mis terapias anteriores: el énfasis que pones en la situación actual. Todos los demás terapeutas que he conocido o de los que me han hablado están interesados en el pasado, en los motivos, en los orígenes del problema. Tú no te ocupas de todo eso. Si no sabes dónde empezaron a complicarse las cosas, ¿cómo puedes arreglarlas?

-         Para acortar, voy a tener que alargar. A ver si te lo puedo explicar. En el universo terapéutico, y hasta donde yo sé, habitan más de doscientas cincuenta formas de terapia que se relacionan más o menos con otras tantas posturas filosóficas.

Estas escuelas son todas diferentes entre sí. En la ideología, en la forma o en el enfoque. Pero creo que todas apuntan a un mismo fin: mejorar la calidad de vida del paciente. Quizás en lo que no podemos ponernos de acuerdo es en lo que para cada terapeuta quiere decir “mejorar la calidad de vida”. Pero... ¡en fin, sigamos!

Estas doscientos cincuenta escuelas se podrían agrupar en tres grandes líneas de pensamiento, según el acento que cada modelo psicoterapéutico ponga en su exploración de la problemática del paciente: en primer lugar, las escuelas que se centran en el pasado. En segundo lugar, las que se centran en el futuro. Y, por último, las que se centran en el presente.

 

La primera línea, lejos de ser la más poblada, incluye todas aquellas escuelas que parten, o funcionan como si partiesen, de la idea de que un neurótico es alguien que, una vez, hace tiempo, cuando era pequeño, tuvo un problema y, desde entonces, está pagando las consecuencias de aquella situación. El trabajo consiste, por lo tanto, en recuperar todos los recuerdos de la historia pretérita del paciente, hasta encontrar aquellas situaciones que ocasionaron su neurosis. Como estos recuerdos se encuentran, según los analistas, “reprimidos” en el inconsciente, la tarea es hurgar en su interior buscando los hechos que quedaron “sepultados”.

El ejemplo más claro de este modelo es el psicoanálisis ortodoxo. Para identificar a estas escuelas, yo suelo decir que buscan el “por qué”.

Muchos analistas, como yo los veo, creen que con sólo encontrar el motivo del síntoma, esto es, si el paciente descubre por qué hace lo que hace, si se hace consciente de lo inconsciente, entonces todo el mecanismo empezará a funcionar correctamente.

El psicoanálisis, por hablar de la más difundida de estas escuelas, tiene, como casi todas las cosas, ventajas y desventajas.

La ventaja fundamental es que no existe, o yo no creo que exista, otro modelo terapéutico que brinde un conocimiento más profundo de los propios procesos interiores. Ningún otro modelo es capaz, parece, de llegar al nivel de autoconocimiento al que se puede llegar con las técnicas freudianas.

En cuanto a las desventajas, por lo menos son dos.

Por un lado, la duración del proceso terapéutico, demasiado largo, lo cual lo hace fatigoso y antieconómico (y no sólo me refiero al dinero). Algún analista me dijo una vez que la terapia debe durar un tercio del tiempo vivido por el paciente a partir del momento en que empezó la terapia. Por otro lado, el modelo tiene una dudosa efectividad terapéutica. Personalmente, dudo que se pueda alcanzar un autoconocimiento suficiente para modificar el planteamiento de una vida, una postura enfermiza o el motivo por el que el paciente acudió a la consulta.

 

En el otro extremo, creo yo, están las escuelas psicoterapéuticas centradas en el futuro. Estas líneas, muy en boga en este momento, podría definirlas resumidamente como sigue: el verdadero problema es que el paciente actúa de manera diferente a como debería hacerlo para conseguir sus objetivos. Por lo tanto, la tarea no consiste en descubrir por qué le pasa lo que le pasa (esto se da por sentado), ni en conocer en profundidad al individuo que sufre. La cuestión es conseguir que el paciente llegue donde se propone, o consiga lo que desea superando su temores, a fin de vivir más productiva y positivamente.

Esta línea, representada principalmente por el conductismo, propone la idea de que sólo se pueden aprender nuevas conductas ejecutándolas, cosa que el paciente difícilmente se atreverá a hacer sin la ayuda, el apoyo y la dirección exteriores. Esta ayuda será dada preferentemente por un profesional que le indicará cuáles son las conductas más adecuadas, le recomendara de forma explícita cuáles deben ser sus actitudes y acompañará al paciente en este proceso de reacondicionamiento saludable.

La pregunta básica que se plantean los terapeutas de esta corriente no es ¿por qué?, sino ¿cómo?. Es decir, ¿cómo alcanzar el objetivo buscado?

Esta escuela tiene también ventajas e inconvenientes. La primera de las ventajas es que la técnica es increíblemente efectiva y, la segunda, la rapidez del proceso. Algunos neoconductistas americanos hablan ya de terapias que conllevan entre una y cinco consultas. La desventaja más obvia para mí es que el tratamiento es superficial: el paciente nunca llega a conocerse ni a descubrir sus propios recursos y, por lo tanto, queda limitado a resolver solamente aquella situación que le llevó a la consulta, y en estrecha dependencia de su terapeuta. Esto no debería tener nada de malo, pero no ofrece los recursos suficientes para que el paciente llegue al imprescindible contacto consigo mismo.

 

La tercera línea es, desde el punto de vista histórico, la más nueva de las tres. Está integrada por todas aquellas escuelas psicoterapéuticas que centran su atención en el presente.

Desde un punto de vista general, partimos de la idea de no investigar el origen del sufrimiento ni recomendar conductas para sortear ese sufrimiento. Más bien, la tarea se centra en establecer qué le está pasando a la persona que realiza una consulta y para qué está en esa situación.

Tú sabes que esta es la línea que yo elijo para trabajar, y por ello es obvio que creo que es la mejor. No obstante, reconozco que también este camino tiene desventajas, pero también ventajas.

Comparativamente, no son terapias tan largas como el psicoanálisis ni tan cortas como las neoconductistas. Una terapia de este modelo durará entre seis meses y dos años. Sin tener la profundidad ortodoxa, genera, en mi opinión, una buena dosis de autoconocimiento y un buen nivel de manejo de los propios recursos.

Por otro lado, si bien es capaz de fertilizar el procesos de entrar en contacto con la realidad actual, también esconde el peligro de promover en los pacientes, aunque sea durante un rato, una filosofía de vida pasotista y liviana; una postura centrada en “vivir el momento” que no tiene nada que ver con el “presente” que estas escuelas plantean que, por supuesto, admite y requiere muy a menudo tanto la experiencia como los proyectos de vida.

Hay un chiste muy viejo que quizá sirva para ejemplificar estas tres corrientes. La situación que explica el chiste es muy simple, y siempre la misma, pero me voy a conceder el lujo de burlarme durante un rato de estas tres líneas de pensamiento y te voy a contar tres finales diferentes.

 

Un hombre padece encopresis (en buen romance: se caga encima). Va a ver a su médico que, después de examinarle e investigar, no encuentra ningún motivo físico que explique su problema, y entonces le recomienda que consulte a un terapeuta.

 

Primer final, en el que el terapeuta consultado es un psicoanalista ortodoxo:

Cinco años después, el hombre se encuentra con un amigo:

-         ¡Hola! ¿Cómo te va con tu terapia?

-         ¡Fantástico! – contesta el hombre, eufórico.

-         ¿Ya no te cagas encima?

-         Mira, cagar, me sigo cagando, ¡pero ahora ya sé por qué lo hago!

 

Segundo  final, en el que el terapeuta consultado es un conductista:

Cinco años después, el hombre se encuentra con un amigo:

-         ¡Hola! ¿Cómo te va con tu terapia?

-         ¡Genial! – contesta el hombre, eufórico.

-         ¿Ya no te cagas encima?

-         Mira, cagar, me sigo cagando, ¡pero ahora uso calzoncillos de goma!

 

Tercer final, en el que el terapeuta consultado es gestáltico:

Cinco años después, el hombre se encuentra con un amigo:

-         ¡Hola! ¿Cómo te va con tu terapia?

-         ¡Maravilloso! – contesta el hombre, eufórico.

-         ¿Ya no te cagas encima?

-         Mira, cagar, me sigo cagando, ¡pero ahora no me importa!

 

-         Pero ese planteamiento me parece demasiado apocalíptico – quise defender yo.

-         Es posible, pero en todo caso, este apocalipsis es real. Tan real como que tu sesión ha terminado.

¡Pocas veces he maldecido tanto a alguien!

 

 

 

“Déjame que te cuente”, Jorge Bucay

El "varón patoso" y la "fémina decepcionada"

El "varón patoso" y la "fémina decepcionada"

Nardone, Giannotti y Rocchi (2005)

 

 

La lectura de este artículo ha sido, de alguna manera, un fogonazo de luz.

 

Me ha gustado tantísimo, básicamente por dos razones:

 

-         En primer lugar, se demuestra que no se necesitan páginas y páginas de largos párrafos cargados de retórica e información complementaria para ilustrar muy pero que muy bien una temática. Considero una virtud a tener muy en cuenta: los autores nos ofrecen una perspectiva directa, concisa y muy ilustradora pero no por ello carente de veracidad y consistencia.

 

-         En segundo lugar, me he sentido tan cercana a lo que en el texto se incluía que... no ha podido dejar de sorprenderme.

 

En el capítulo se nos presentan “características propias del adolescente moderno y su diferenciación entre varones y féminas”, así como también “las tipologías de interacciones entre los dos sexos en esta edad evolutiva”.

Se defiende que “intentar prevenir una disfunción en las relaciones entre ambos sexos en la adolescencia se convierte en una de las mejores formas de prevención para los problemas de las futuras familias”.

 

Yo estoy muy de acuerdo en esto. Soy consiente de que la experimentación, con sus consecuentes resultados positivos o negativos es la que nos va proporcionando una experiencia y que... cada uno suele ir aprendiendo de sus propios errores, por lo que no importa lo que te digan, sobre todo en la adolescencia y sobre todo si los que te lo dicen son tus padres, porque... no tendrás la certeza de algo hasta que no lo hayas probado tú mismo.

 

Sin embargo aquí, a través de dos imágenes caricaturescas (se aclara que estas visiones son “exageraciones” o “prototipos” usados como base de un análisis pero se asume que la realidad no siempre es esa) del varón y de la fémina adolescentes, se nos ofrecen unas pautas comunes a las que la mayoría suele tender, y nos ilustra de un modo clarísimo los “choques” que entre ambos sexos se pueden producir, debido a sus diferencias, durante las primeras relaciones de pareja, ofreciéndose posteriormente “consejos” o cosas a tener en cuenta tanto por chicos como por chicas para fomentar una relación más saludable y equilibrada.

 

Por ciertos comentarios de los autores se adivina que lo que aquí dicho está basado en lo observado en la sociedad italiana. Podríamos decir, sin equivocarnos, que dado que Italia y España, ambas mediterráneas, tienen bastante en común en lo que a cultura y tradiciones respecta, no importaría aplicar todo lo dicho a la sociedad española.

Sin embargo, yo diría aún más. Para bien o para mal, en este mundo tan globalizado en el que estamos inmersos, considero que muchos de los estudios relativos a la sociología y psicología general escritos en el contexto occidental (ya sea europeo o americano) podrían aplicarse, sin mayor problemática, a uno u otro país, exceptuando casos o contextos muy específicos.

 

Pues bien, se nos presenta, en primer lugar, la visión de lo que los autores denominan como “varón patoso” y  “fémina decepcionada”.

Podríamos decir que son los “estereotipos” de los chicos y chicas adolescentes, reuniéndose los rasgos más frecuentes en cada uno de ellos.

 

A modo de generalización y síntesis, podríamos decir las características que se atribuyen a cada uno de ellos son:

-         “El varón patoso”: fragilidad psicológica, carencia de sentido de responsabilidad, escasa capacidad para asumir el liderazgo, inseguridad e indecisión, pereza y desmotivación, sin grandes presiones familiares hacia la adquisición de autonomía e independencia, lo que le hace recostarse en la comodidad, dificultades en la gestión de las relaciones de pareja, incapacidad seductora, mayor tendencia a trastornos ansioso-depresivos, fobias, obsesiones y compulsiones y aumento en los casos de violencia, abuso de sustancias y alcohol y presencia de conducta antisocial.

-         “La fémina decepcionada”: mayor vitalidad y empuje en la afirmación personal, más orientación a la calidad de su formación personal, tanto en estudios como en trabajo, y más interés en profundizar sus conocimientos en los ámbitos psicológico-social, literario y artístico, menos protección que los varones en las interacciones familiares y mayor capacidad para  afrontar el dolor y la frustración.

 

A continuación se presenta un esquema típico de las relaciones establecidas entre parejas adolescentes, tendiendo a producirse un modelo de relación patógena.

En principio la relación parece ser complementaria. La falta de motivación, responsabilidad o independencia del chico, las completa la chica, quien en un principio está encantada de tener esta función de “controladora” pues su autoestima se eleva. Digamos que la chica lleva las riendas y el chico está muy complacido por no tener grandes preocupaciones. Ambos parecen encontrarse en un estado satisfactorio.

Sin embargo, cuando pasa el tiempo y se madura, es común que la chica, más preocupada por su realización personal y profesional, comience a desear el hecho de tener a un varón a su lado  que esté a su “misma altura” y que sea capaz de hacerla avanzar, por lo que empieza a ver lagunas en su relación, percibiendo que “falta algo”.

Así, como bien dice el texto, “aquello que primero era una complementariedad en la pareja, en un cierto momento se transforma en una simetría. Lo que los mantenía vinculados gira y los aleja”.

Suele producirse entonces el hecho de que la chica comience a fijarse en otros chicos, normalmente más mayores que ella, pues suelen estar preparados para ofrecer una satisfacción intelectual, afectiva e incluso sexual, mayor.

 

Antes de ofrecer mi opinión, querría matizar, como también lo hacen los autores, que soy consciente de que las imágenes del chico y la chica adolescentes que aquí se ofrecen son generales, y que por supuesto, no todo es blanco o negro. También que el ejemplo de relación “típica” puede producirse en algunas parejas y en otras no.

 

En mis experiencias personales y cercanas he podido observar un proceso como el descrito, de ahí que yo lo considere veraz.

 

De siempre se ha dicho aquello de “las chicas suelen madurar antes que los chicos”, “mientras ellos son unos críos ellas son mujeres”. Puede ser, y puede ser también que eso no se refiera sólo a la adolescencia sino a los principios de la juventud; puede incluso que... ¿se prolongue en la adultez?

 

Hombres y mujeres somos distintos, está claro. No en derechos ni en deberes, pero sí psicológicamente, ¿qué hay de eso de “es que las chicas... ¡pensáis demasiado! ¡le dais tantas vueltas a las cosas...!”? ¡Anda que no envidio yo a “los chicos” (siempre hablo en general) cuando me sumerjo en contradicciones internas en las que no encuentro salida! Admiro en ocasiones su llaneza, su firmeza, su claridad.

Existe literatura en tono jocoso (pero también con un trasfondo “serio”)  respecto a esto: “Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas”, “Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus”.

Pero bueno... cada uno es como es y debe aceptarse. También está claro que dentro del “grupo de los chicos” y el “grupo de las chicas” hay de todo. He tenido la suerte de encontrar a chicos que cuentan con preocupaciones, sueños o dilemas similares a los míos, así como a chicas que parecen vivir con mayor “sencillez mental” (no se bien cómo expresar lo que quiero decir).

 

Yo creo que algo importante sería... comenzar a conocernos: primero a nosotras mismas, y luego a ellos. Tenemos primero que aceptarnos como somos, ser conscientes de nuestras virtudes y nuestros defectos, de la relatividad con la que se pueden tomar determinados asuntos según tu personalidad y tu sexo y así... considero que también serás más hábil a la hora de aceptar y comprender al otro (empatía, como bien decía Patricia en su blog), de darte cuenta de que el mundo puede ser visto a través de diferentes cristales, que tus deseos no siempre son compartidos, que tus sentimientos no siempre parecen lo mismo desde fuera, que hay otras cabezas, otros puntos de vista, otras maneras de “tomarse las cosas”...

 

Ojalá desde jóvenes comenzáramos a trabajar en eso: primero conocernos, después conocer; primero aceptarnos, después aceptar... y a partir de ahí: la posibilidad de una relación afectiva sana y equilibrada, con algunas expectativas comunes y con otras independientes, pero con un fondo de confidencia y complicidad. Creo que eso evitaría muchos de los problemas o conflictos sentimentales que se presentan durante la adultez.

 

 

Padres "desbordados", niveles de conciencia, límites...

Padres "desbordados", niveles de conciencia, límites...

Hilando con el tema del castigo físico pasamos al DESARROLLO MORAL y la influencia que el diferente nivel de conciencia de los adultos (en especial, de los padres y las madres) puede tener en el tipo de educación que los niños y niñas de hoy reciban.

 

Kegan nos vuelve a presentar, como introducción de su “Pensar en nuestros hijos” a los ya conocidos Peter y Lynn, que en esta ocasión se muestran preocupados y enfadados por un conflicto que han tenido entre ellos, como pareja.

 

Ya vimos que el Tercer Orden de Conciencia (con su principio “co-categórico”) era el que se podía empezar a adquirir a partir de la adolescencia, caracterizado por un pensamiento abstracto que nos permitía reflexionar sobre nuestros sentimientos y nuestra capacidad de relacionarnos socialmente.

Sin embargo, cabe preguntarse si este orden de conciencia es “suficiente” cuando llegamos a la adultez y comenzamos a desempeñar los roles de pareja sentimental o de padres y madres.

 

Siguiendo con el ejemplo, el Peter adulto tiene muchísimas exigencias, relacionadas con los diferentes ámbitos de su vida privada: es esposo, es padre, es hijo... ¿Es fácil satisfacer todas? Más allá aún, ¿es fácil controlar que tus actuaciones para satisfacer las necesidades de uno de estos apartados no vayan en detrimento de otro?

 

A continuación, el capítulo presenta las expectativas que suelen atribuírsele a la paternidad y a la pareja:

 

-Como padres, debemos...

-         Ser líderes de la familia.

-         Manejar los límites de inclusión y exclusión efectivamente: se debe hacer sentir al niño o la niña seguro y parte de la familia, pero se le debe alejar de aquellas responsabilidades que no estén a su alcance.

-         Saber poner límites y preservarlos.

 

-Como pareja, debemos...

-         Contar con un nivel de independencia psicológica, una  identidad, separada y distinta a la de nuestra pareja.

-         Ser capaces de percibir que la versión idealizada del amor no es real, siendo conscientes de que existen diferencias y conflictos entre los miembros de la pareja, que no comparten ni una mente ni un corazón.

-         Dentro de la familia, se deben poner límites para preservar la pareja como un sub-grupo independiente.

-         Ser capaces de apoyar el crecimiento del otro en la pareja.

-         Conseguir una comunicación efectiva.

-         Ser conscientes de que, aunque adultos, “arrastramos” nuestras pasadas historias personales, que pueden influir en nuestras actitudes presentes.

 

Los padres tienen diferentes órdenes de conciencia, por lo que comprenden de formas distintas estas expectativas.

 

Kegan nos presenta un caso real en el que existen diversos “conflictos”, básicamente morales, entre una madre separada y sus dos hijas. Tras el planteamiento y su posterior resolución, nos damos cuenta de que Alicia, la madre, parece encontrarse en un Tercer Orden de Conciencia y no más allá, lo que no le impide, por supuesto, ser una buena madre, pero que muestra que aún no ha alcanzado (quizá nunca lo alcance) el Cuarto Orden de Conciencia, por lo que existen situaciones en las que apareen contradicciones a la hora de actuar.

Tampoco se garantiza que un adulto que ha alcanzado el cuarto orden de conciencia sea un padre exitoso necesariamente.

 

El Cuarto Orden de Conciencia permite captar las estructuras co-categóricas (del tercer orden) y subsumirlas a una nueva estructura o mental, que subordina, actúa, dirige y genera el significado de sus relaciones.

Así, desempeñar el rol de crear y regular roles entre los demás es una capacidad del cuarto orden de conciencia, por lo que, trazar y mantener unos límites requiere el Cuarto Orden de Conciencia, porque implica la creación y recreación de roles.

 

De esto último podemos deducir que una de las carencias que tan presente se encuentra en la actual relación padres e hijos, y que podemos encontrar en el artículo “Padres, no amigos”, podría achacarse a que estos adultos que no son capaces de poner límites a sus hijos, no han alcanzado el Cuarto Orden de Conciencia.

 

Como raíces del problema podemos preguntarnos dos cosas:

-         ¿Estos adolescentes tan “liberados de normas” habrán alcanzado ese Tercer Orden de Conciencia que, como bien dice Alejandro, “permitiría no sólo ser conscientes de otras perspectivas, sino gracias a eso, poder diferenciar más explícitamente la propia de las otras”?

-         Una vez adultos... ¿habrá aparecido  el Cuarto Orden de Conciencia, que implica  el “empezar a atender a las relación entre las perspectivas, a ir más allá de dicha relación y gestionar las perspectivas, gestionar la relación, gestionarte a ti en ese contexto”?

 

Ahora comienzo a ver las cosas desde otro punto de vista. Ya en varias asignaturas y en el día a día, buscamos las posibles razones de las problemáticas existentes (parece que ahora más que antes) en cuanto a la educación de los hijos se refiere.

 

Todos hemos visto en los supermercados escenitas como la descrita en el artículo, donde el pequeño de la casa es el rey de la compra, todos conocemos situaciones en la que los padres sienten culpabilidad hacia sus hijos (por no pasar demasiado tiempo con ellos, por no atenderles tanto cómo quisieran...) por lo que lo “suplen” con un cariño desorganizado y con la apenas existencia de normas y límites, todos sabemos de la existencia de padres desesperados (“paso del grito a la autocompasión y hasta empiezo a hablar sola en el pasillo”) que no saben como lidiar con los problemas que tienen con sus hijos.

 

Yo opinaba que algunas de las razones de esta situación eran, por un lado, esa “culpabilidad” de algunos padres que derivaba en “relajación” de reglas y, por otro, la existencia de padres, que yo misma he podido observar, que realmente no tenían mucha idea de cómo educar, por lo que podían necesitar ayuda externa, como bien podrían ser las escuelas de padres que se mencionan en el artículo y que, cada vez, están más en boga.

Según creía, esas escuelas les podrían proporcionar consejos, estrategias o maneras de actuar en casa, con sus hijos e hijas, pero... ahora me estoy planteando si quizá no podrían también ofrecer una manera de analizar en qué orden de conciencia están (pues como hemos visto esto puede ser la causa de la inefectividad en la resolución de algunos conflictos) y considerar el avance hasta un orden superior.

 

He aquí mi pregunta:

¿Se puede trabajar, de forma efectiva, para avanzar de un orden de conciencia a otro...? ¿o, por el contrario, es algo que no se puede controlar ni modificar?

 

 

 

 

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EL CASTIGO: ¿Castigo físico...? ¿Uso de la inteligencia emocional...?

EL CASTIGO: ¿Castigo físico...? ¿Uso de la inteligencia emocional...?

El actual y polémico debate sobre el castigo físico a los niños, ¿prohibición o no?

Campaña de publicidad contra el maltrato físico infantil: "Tus manos son para proteger".

 

Ya en “Procesos Psicológicos Básicos” dedicamos una sesión a la reflexión sobre la conveniencia o no del castigo físico como herramienta para el cambio de la conducta en los niños y niñas por parte de sus padres y madres.

Lo cierto es que, tras leer el artículo propuesto en clase (“El cachete para educar a los hijos se queda sin su coartada legal”) y tras leer también algunos comentarios extraídos de un foro en el que diferentes personas ofrecían su parecer sobre el tema (respuestas a: “La bofetada, ¿es educativa?”), para mí, decantarme por un posicionamiento inflexible en este tema me resultaba complicado.

 

He leído los artículos de Fernando Savater y de Ángel Hernández Martín, defendiendo el primero el uso en casos puntuales de la “bofetada” (“azote” prefería denominarlo yo en la reflexión que realicé) como “aldabonazo” (se acerca a lo que yo definía como “corte” o “freno”), y defendiendo el otro el definitivo destierro del castigo físico por parte de los padres, relacionándolo con la falta de recursos educativos (algo que leí también en los comentarios del foro y que me hizo reflexionar seriamente) y lo cierto es que entreveo verdad en ambos, pero mi punto de vista es más cercano a lo propuesto por Savater.

 

Por supuesto, estoy en contra del maltrato físico como tal, pues atenta contra la integridad del niño y en ningún momento ofrece la solución a un problema.

   Luego, podemos matizar y mencionar la posibilidad de dar un cachete, yo diría un azote (a mí eso del cachete o torta, aunque suene absurdo, no me gusta nada, me parece más ofensivo) a un niño en un momento concreto: ¿debería estar permitido? ¿realmente tiene alguna función? ¿en qué situación podría ser "adecuado"? ¿en cuáles no?

   Aún no soy madre pero me gustaría serlo y mi concepción actual es que intentaré educar a mis hijos e hijas siempre mediante el diálogo y evitando estrategias violentas o coercitivas, ¿utopía o no?


   Sin embargo, también es cierto que he observado situaciones, principalmente con niños pequeños, en las que parece realmente imposible razonar con ellos y explicarlos algo, y que no hay manera de calmar una rabieta sin sentido. Quizá en ese caso sería útil un azote, no por el hecho de infligir daño, sino por causar una especie de "corte" o freno a la situación latente y permitir el cambio a uno nuevo. ¿Es esto efectivo?

 

Destacaría dos frases del autor: “cualquier niño sano puede comprender la diferencia entre unos padres exasperados hasta el límite de su paciencia de otros predispuestos por incapacidad o vicio a la agresión” (al menos esto se cree).

 

Por otro lado, me gustaría comentar algo sobre el artículo “El arbitraje como penitencia”, en el que se describe la sanción propuesta por la Federación Onubense de Fútbol a los jugadores de un equipo en el que, tres de sus miembros, agredieron al árbitro contrariados por una de sus decisiones.

El “castigo” era el de arbitrar, a partir de entonces, los partidos de su liga. Parecía pretenderse tanto ayudar a los jugadores a conocer el papel desempeñado por el árbitro como el de ejercer de críticos, pues mientras un jugador arbitrara otro de sus compañeros juzgaría la labor desempeñada.

 

Personalmente, me parece una decisión ideal y novedosa. Creo que se intenta “hacer justicia” y “castigar” de una manera radicalmente diferente a lo que se ha hecho hasta ahora y que incluye un objetivo educativo claramente palpable, y no solo “el castigo por el castigo”.

Se intenta hacer consciente a los “culpables” del por qué de sus malas acciones usando la empatía para ello, ¿qué mejor que ponerse en el lugar del otro para entenderle?

 

Esta original sanción me recuerda a las condenas que el conocido juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, ha llevado a cabo últimamente. Creo que la manera de enfocar sus sentencias tiene mucho más de humano y terapéutico que la mayoría de las que se han ido tomando con adolescentes en los últimos años. En ellas, el objetivo educativo e integrador está muy presente.

 

También encuentro similitudes, de alguna manera, con el caso de un juez de distrito en EEUU, Ted Poe de Houston (“La inteligencia emocional de los niños”: “Las emociones morales negativas: la vergüenza y la culpa”), quien condenó a un adolescente que había cometido actos de vandalismo en diferentes escuelas, a ir a disculparse a cada una de ellas frente una asamblea del cuerpo de estudiantes, respondiendo preguntas sobre el porqué de sus actos.

 

Quizá algo vinculado con el caso del adolescente de EEUU, se encuentra el caso del famoso jugador de la NBA, David Robinson, quien ya de adulto recuerda una anécdota de su infancia, en la que, tras robar una golosina en una tienda, fue obligado por su padre a disculparse ante el empleado y los clientes y a devolverla.

 

O el programa descrito por William Damon (“The moral child”) en el que se intenta mejorar la motivación empática en los delincuentes que no tenían remordimientos por sus delitos, haciendo que en grupo se debatiera su conducta antisocial, siendo posteriormente desaprobada, provocando normalmente vergüenza.

 

Estos tres últimos ejemplos muestran cómo el uso de emociones morales negativas, como son la vergüenza y la culpa, pueden cumplir una función de redención tras una mala acción.

Como se menciona en “La inteligencia emocional de los niños”, la actitud de los profesionales de la educación y de la psicología hasta ahora ha sido la de repulsa hacia el uso de estas emociones como forma de educar a los niños. Quizá lo consideraban un “abuso” (emocional en este caso) tan pernicioso como el físico.

 

Sin embargo, si que se muestra que, en algunos casos, siempre en su justa medida y teniendo en cuenta todos los factores influyentes en cada caso (acción, contexto, temperamento del niño...) quizá si que, efectivamente, puedan ser usados como “modificadores de la conducta”.

Porque... en realidad, ¿qué hay de malo en que un niño se sienta avergonzado o culpable por algo malo que ha hecho? ¿es mejor evitarle ese trago para que no se “traumatice”? (pura ironía) ¿es mejor castigarle sin ver la televisión o sin salir a la calle sin que realmente sepa por qué es castigado, sin que sepa el por qué de su “mala acción”? Esto... no está bien, pues si hay algo que he estudiado acerca del castigo es que, entre otras cosas, debe saberse por qué se castiga, debe relacionarse un estímulo con otro, sino... carecerá de efecto totalmente.

 

Parece estar demostrado que “cualquier experiencia en la que interviene la emoción extrema produce un efecto inmediato más significativo sobre la conducta de sus hijos y un efecto a más largo plazo en el desarrollo de su personalidad”.

 

Yo he trabajado con niños y... cuando, por ejemplo, uno pega a otro, no le suelo castigar sin más, me gusta hablar con él, preguntarle por qué lo ha hecho, si cree que está bien, si son pequeños usar la empatía... (“¿te gustaría que te lo hicieran a ti?”) y finalmente, tras el reconocimiento de su mala acción (al menos aparente, quien sabe...) establecer un espacio para que ambos niños se “reconcilien” mediante el consabido “lo siento” – “te perdono”.

De ahí que me quede con una frase incluida en el texto:

“Inspirar vergüenza sólo puede considerarse humano si expresa no sólo la desaprobación de la comunidad, sino también si incluye el perdón y la reaceptación” (concepto de “vergüenza reintegrativa”).

Inteligencia emocional

Inteligencia emocional

Llevaba tiempo sintiéndome atraída por "eso de la Inteligencia Emocional", así que... elegí un libro, "Inteligencia emocional para jóvenes" (Antonio Galindo) porque a simple vista me pareció bastante sencillo, "digestivo", jaja, práctico y, por ello, una buena aproximación al tema. 

La verdad es que, tras leerlo, no he cambiado de opinión.  De una manera concisa y directa... el autor llega al lector, ayudándose de ejemplos de la vida cotidiana (sobre los que, como bien advierte, "cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia") con los que nos sentimos, en muchos casos, reflejados.

Así que... ha conseguido lo que esperaba: picarme la curiosidad para seguir leyendo sobre esto (habrá que incluir lo de "ese tal" Goleman).

Nos habla, entre otras cosas, de lo siguiente:

-De las emociones básicas: ansiedad, tristeza, miedo, rabia, aburrimiento y... culpa ("la madre de las emociones", y en eso estoy de acuerdo).

-De cómo al nivel mental (pensamientos y creencias) le sigue el nivel emocional (emociones y sentimientos) y es esto lo que se traduce a un nivel físico (cuerpo y acciones). De ahí que, aunque nos parezca difícil de asimilar, las emociones... nos las creamos nosotros mismos, y no nos las causan otros, partiendo de aquello que nuestra mente produce en forma de pensamientos. Supongo que en ocasiones es complicado "culparnos" a nosotros mismos de algo negativo que estamos sintiendo y es por eso por lo que descargamos nuestra rabia en terceras personas, o en determinadas circunstancias y situaciones.

*De ahí que la amplitud de nuestro filtro mental ("amplitud de miras"), o de nuestra manera de "tomarnos las cosas" o de nuestro nivel de inteligencia emocional... repercuta en cómo percibimos las cosas y, en consecuencia, en lo que experimentamos emocionalmente y en la manera en la que actuamos.

-Pero lo que más me ha llamado la atención es lo que se dice sobre el ego y... dos de sus claves: la proyección y los sistemas de defensa.

"Proyectar quiere decir que, aquello que no te gusta de ti mismo, lo ves en otro. Por lo tanto, lo que percibes en otras personas así eres tú en alguna medida", "Lo que veo es un reflejo o pantalla que sale de mí", "Somos el patrón de medida de lo que percibimos".

También destacaría lo explicado sobre "las emociones a través de la sombra". Esa sombra hace referencia a una parte inconsciente de nosotros, a algo que mantenemos oculto, tras el ego, tras lo que mostramos a los demás.

"Sombra = proyección + emoción negativa", "Si hay emoción ante alguien, algo estás proyectando, algo tuyo quiere salir a la luz", "el mensaje de la sombra amplía la imagen que tenemos de nosotros", "La sombra no se destroza, no se borra, no se cambia; la sombra se integra...".

¿Es esto cierto? Hombre, está claro que no todas las personas sentimos igual, que no todas las personas despiertan los mismos sentimientos a sus iguales... y yo también me he preguntado muchas veces por qué sería esto y... la solución que se me venía a la cabeza era la de las diferentes personalidades con las que todos y cada uno de nosotros contamos. Según se razona en el libro, las diferentes emociones que nos provocan los demás: afinidad u odio, tienen muchísimo que ver con las proyecciones que hacemos sobre ellos y sombre nuestra "sombra".

Mediante un ejemplo se defiende que si alguien nos "cae mal" porque es, por ejemplo, egocéntrico y prepotente, nos produce esos sentimientos de rechazo porque, en el fondo... ¡nosotros lo somos! ¿es eso cierto?

Yo siempre he pensando que cuando alguien nos cae mal por la razón que sea es porque no "casa" con nuestra forma de ser, porque vemos actitudes en él que no nos gustan... pero... ¿podría llegarse a la conclusión de que a veces "repudiamos" en otro algo que se encuentra en nosotros mismos pero que no reconocemos?

Desde luego, desde luego... me ha dejado pensando.

"No se llega a la luz imaginando seres iluminados, sino reconociendo y traspasando las propias sombras."

(Jung)

"Desbordados"

"Desbordados"

Desbordados...

así se pueden sentir muchos padres de adolescentes, muchos adolescentes, muchas de las personas que esperan "x" de los adolescentes.

Pero también podemos sentirnos desbordados cualquiera de nosotros, en cualquier situación, en cualquier parte del mundo. A veces sentimos que las cosas no sobrepasan y que no sabemos bien qué hacer, que las exigencias superan nuestras acciones, o que nos inmiscuimos en compromisos o pactos en los que no sabemos muy bien qué es lo que ofrece cada parte, qué es lo que espera cada parte y... en consecuencia, que emociones podrán surgir de cada parte según se desarrolle todo.

Como conclusión: posiblemente el problema es que lleguemos a un total "no entendimiento" en el que las emociones, a flor de piel, nos jueguen malas pasadas.

Gracias a Kegan aprendemos algo más. Partiendo de ese "currículum oculto para la juventud" descubrimos que... cuando somos adolescentes, algo pasa en nuestro interior. Como cuando fuimos niños (superación de la concepción egocéntrica del mundo), estamos en un proceso de cambio interno del que, desafortunadamente, los mayores no son conscientes en su sentido más amplio.

Lo que se les va exigiendo a los jóvenes, quizá inconscientemente, es que cambien su manera de pensar, su manera de concebir el mundo o de comprender la realidad hasta ese momento y eso... no es fácil, desde luego. Ya no basta con el pensamiento abstracto, ahora... se pide más: algo debe cambiar en la mente, se debe crecer psicológicamente.

De algún modo creo que se exige superar otra clase de egocentrismo, más complejo que el que se da entre los 5 y los 10 años. En palabras del autor, se le exige que "sea capaz de comprender que hay una comunidad que va más allá de sus intereses individuales, y que tal organización requiere de lealtad o sentido de permanencia".

¿No es esto algo así como que "deje de sentirse el centro del mundo para considerar a los otros y a sus necesidades, preocupaciones, exigencias, deseos, sentimientos..."? ¿No es "ir más allá del individualismo para tener en cuenta al resto y compartir"?

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